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Argüelles (Juan Carlos Argüelles, c7 años) no es un nombre que circule en los grandes medios ni en los festivales de egos. Pero sus dibujos sí. Cuando aparecen, muchos los reconocen sin saber que son suyos. Hay algo en el trazo, en la pausa del remate, en la mirada irónica pero ética, que lo delata.
Poco conocido por elección —y por haber transitado caminos editoriales menos ruidosos—, Juan es de esos dibujantes cuya obra tiene más fama que su firma, cosa que no lo incomoda.
Publicó en medios de Argentina y España, expuso varios países, enseñó a dibujar y a pensar el humor gráfico. Hoy, sigue creando personajes que ven en la oscuridad y de a poco, se mete en el mundo de la filosofía, con algunas de sus viñetas.
Desde muy chico. Mi abuelo Juan me leía los chistes de la contratapa de La Razón, y eso me marcó. Después, en la primaria, con un amigo compartíamos revistas como Gente, donde Landrú nos fascinaba.
Empecé a hacer mis propias historietas, influenciado por Isidoro y Patoruzú, en papel romaní y con marcadores Pelikan. Todo en un pequeño escritorio que me compró mi vieja, en un rincón de nuestro departamento en Belgrano. Ese fue mi primer territorio creativo.
Recuerdo que siempre dibujaba escuchando música en el “combinado”, era mi inspiración… Por allí pasaban Los Gatos, La Joven Guardia, Pink Floyd… era muy heterogéneo en gustos… hasta boleros
Un gran amigo, dibujante que falleció muy joven y fuimos como hermanos. Fernando Rubio.
Luego los que yo leía y admiraba, a quienes copiaba mucho: Ferro, Garaycochea, Pedro Seguí y un personaje divino cuyo seudónimo era Cilencio e incluso un muy joven REP -Miguel Repiso- y en mi etapa previa a estudiar formalmente, fue Roberto Fontanarrosa. Para mí, el mejor humorista gráfico que tuvimos en
Argentina.
Estaba en tercer año del secundario y fui con mi carpeta de dibujos a una redacción por la zona de Almagro, en la Avenida Rivadavia. La revista era de
Siulnas, su director un dibujante entrañable, creo que fue en el año 73, me publicó cuatro trabajos.
Luego y después de estudiar dibujo llegó la oportunidad en el Diario ABC de España, en su suplemento dominical y en varios medios humorísticos españoles. También en diarios de Argentina, destacándose el diario UNO de Entre Ríos.
Además de participar de exposiciones diversas en Madrid, Tokio, Italia y desde
luego en mi país en publicaciones que ya ni recuerdo, incluso me llegan recortes de algunas notas y publicaciones que no tenía idea de que habían existido.
Esta es la magia que tiene el dibujo, uno dibuja y luego aparece tu dibujo en Marte.
Hace menos de un año el editor de un portal de noticias llamó para publicar mis dibujos. y también hacer unos personajes que luego serían animados para un “streaming” en un canal llamado Ey!
Garaycochea y Rubio me enseñaron la técnica, las herramientas de dibujo, qué era, en definitiva, el humor gráfico, porque verdaderamente, yo no tenía idea de esto como algo profesional.
Rubio me enseñó la simpleza en los trazos y lo difícil que es hacer humor, sobre todo con el humor político y su interpretación en distintos países
También se aprende copiando, luego de miles de dibujos, uno adquiere su propio estilo, su sello. Y el oficio luego hace la magia de no conformarse con una primera idea, sino trabajarla un poco para un resultado final aceptable.
Sí, enseñé humor gráfico en San Juan y también en la ciudad de Gualeguaychú,
Entre Ríos. Allí conocí muchos chicos con las mismas ilusiones que yo en la adolescencia.
Para dibujar en el exterior al principio, en épocas en donde no existían las redes no era sencillo. Había que leer mucho, ilustrarse, curiosear en la idiosincrasia de
otras culturas. Esa es la diferencia, logrado eso, la gente siempre se ríe con las mismas cosas. Alguien dijo alguna vez, que hay cien chistes posibles. Y creo que es verdad.
Ambas cosas. Es una pasión también y una manera de divertirme.
Todo lo hice por dinero (risas)
Porque la viñeta no es solo un dibujo: es una mirada. Y esa mirada no se puede programar.
La inteligencia artificial puede imitar estilos, generar imágenes, incluso escribir chistes. He hurgado alguna vez por ahí y -honestamente- la IA, haciendo humor es un horror. Y obviamente, es la impronta de cada humorista lo que le da “color”.
Me moriría de hambre contando chistes. Mi humor, no funcionaría jamás sin el
dibujo. La gracia está en la expresión, en el cuerpo, en la línea que sugiere más de lo que muestra.
Un editor paga por eso: algo que no se repite, por un trazo que no se puede copiar, una mirada que incomoda. Y eso, por ahora, no lo hace ningún algoritmo.